
Días más tarde...
"... -Cupido. En carne y hueso. Ese querubín tan mono que tiene poder sobre los corazones.
Julián soltó un resoplido.
-Cupido es cualquier cosa menos <>. Y con respecto a los corazones, más bien se encarga de destrozarlos.
-Pero puede hacer que la gente se enamore.
-No- le contestó, apretando con más fuerza el colgante entre sus dedos-. Lo que él ofrece es una ilusión. Ningún poder celestial puede conseguir que un humano ame a otro. El amor proviene del corazon- confesó con un deje atormentado en la voz.
Grace buscó su mirada.
-Hablas como si lo supieras de primera mano.
-Lo sé. ..."
El sonido del timbre alejó los pensamientos de la joven chica de lo que estaba leyendo. Se había quedado embaucada en aquella lectura. Las palabras de aquel extraño Julián la habían absorbido a aquel iluso mundo de la lectura que podía hacer viajar a cualquier lugar a todo aquel que se lo propusiese.
Se levantó del sofá un poco molesta. Estaba de acuerdo con aquel pequeño y último fragmento que había leído y le gustaría poder seguir leyendo. Quizás las respuestas de la vida estuvieran escritas entre lineas en los libros. Quizás dieran pistas... Y en aquel preciso momento ella necesetiba alguna, pues tenía la cabeza hecha un auténtico caos.
Mientras daba los pasos que había desde el salón hasta la puerta se preguntó quién podrías ser. ¿Su madre? No, imposible, no había acordado llegar tan pronto de aquel de los tantos viajes que hacía desde que se había casado con aquel hombre que ahora era su padrastro, Roberto.
El timbre sonó otra vez. Impaciencia al otro lado de la puerta.
-¡Ya va!- exclamó acelerando el paso.
Abrió la puerta y tras ella vio a un joven rubio conocido por ella, por suerte o por desgracia.
-Hola- saludó Dimas.
Raquel sonrió con la sonrisa más agradable que pudo transmitir.
Sabía a lo que venía. Lo sabía perfectamente. Y no le gustaba, llevaba días evitando aquella conversación. Desde el accidente de Raúl había perdido contacto con casi todos.
Dimas, Yasmine... y ¿como no? Raúl.
Teléfono móvil siempre apagado, y el fijo solo dispuesto a contestar a las llamadas de su madre o alguna otra urgencia. Digamos que se había tomado unos días de descanso para meditar todo con calma y decidir. Decidir, de eso se trata la vida, elegir un camino con sus cosas buenas y también malas, y de rechazar otro igualmente, con sus beneficios e inconvenientes. Pero la duda residía en que pasaría si el camino que eligiera no fuese el adecuado para ella, si no hiciese lo correcto. Y eso le llevaba a otra duda, ¿que demonios era lo correcto? ¿como se sabía que hacías lo que debías?
-Hola- saludó ella también después de apartar de su mente aquellas dudas que comenzaban a dispersarse hasta perder totalmente el contexto.
-¿Como estás?
Raquel asintió con la cabeza.
-Bien, estoy bien. ¿Y tú?
-Yo también intento aparentarlo, pero...- hizo una pequeña pausa de silencio -Oye Raquel, ¿podríamos hablar? Sabes que me debes explicar algo... Bueno, o yo creo que me merezco una explicación.
La chica cogió aire y lo contuvo en sus pulmones como intentando apartar el nerviosismo de ella, pero no fue efectivo.
-Claro Dimas, pasa y hablemos- le ofreció.
-Gracias.
Dimás entró en el humilde pero acogedor piso y ella lo condujo hasta el salón.
-Siéntate, por favor- pidió.
Dimas obedeció y se sentó en uno de los sofás. Ella hizo lo mismo, al lado del libro que le gustaría seguir leyendo en lugar de aquella incomoda situación.
El joven chico rubio se pasó las manos por la cara y luego comenzó a hablar.
-Bueno, me gustaría saber porque todos estos días no has dado señales de vida.
Ella lo miró a los ojos seriamente.
-Tenía que desconectar, el accidente de Raúl ha sido un gran golpe para mí. Él fue una importante en mi vida, creo que deberías entenderlo.
Una sonrisa se iluminó en el rostro de Dimas.
-¿Fue? ¿Eso quiere decir que ya no lo es?
Raquel se maldijo mentalmente despues de aquella metedura de pata. ¿Cuando aprendería a espresarse como Dios manda?
Suspiró y se puso en pie.
-Perdona Dimas, no te he ofrecido nada. ¿Te apetece un café o una infusión?
Pero él no se dio por vencido tan facilmente.
-Supongo que ese repentino cambio de tema oculta un "no" detrás, ¿no?... -cogió aire- Raquel, en el accidente... Tú aún lo quieres ¿verdad?- sus ojos ahora mostraban un cierto brillo.
Ella lo miró durante unos segundos, quería contestar bien a aquella pregunta que acababa de formularle. No podía poner la pata otra vez. Además, era evidente que él sabía a la perfección que esta seguía sintiendo algo por su exnovio, pero al parecer quería torturarla hasta que lo dijese con sus propias palabras.
El amor... la persona que se siente ofendida y dolida solo desea devolver ese daño.
Raquel creía estar pensando la respuesta adecuada, pero lo que en realidad pasaba era que su mente se quedaba totalmente en blanco entre tantas dudas e inseguridades, y finalmente no salían palabras de su boca, por lo tanto no hubo respuesta.
Dimas seguía mirandola impaciente desde el sofá de enfrente. Y ella allí todavía en pie, inmóvil y con cara de preocupación. Mucha preocupación.
Al fin, Dimas se puso en pie harto de esperar y se acercó a ella.
-Raúl o yo. Decidete de una vez Raquel.
Tras pronunciar esas palabras caminó hasta la puerta por la que entró y salió del piso sin dar ningún portazo. Cauteloso pero echo una furia por dentro.
En el salón seguía ella, con la mirada clavada ahora en las baldosas del suelo. Soltó todo el aire de repente y se dejó caer e el sofá.
Tropezó contra aquel exquisito libro de nuevo y lo abrió por una página al azár.
"Ese viejo dicho según el cual era mejor haber conocido el amor antes de perderlo era una rotunda estupidez."
Entonces lo cerró de nuevo y rompió a llorar, sobre uno de los cojines a juego con el sofá.
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-¿Diga?- contesté.
-Tenemos que hablar, y tenemos que hacerlo ahora mismo.
-¿Hablar? ¿Ahora?
-Si, ven a mi casa por favor...-me pidió Raquel.
Sin poder creérmelo sonreí.
-En seguida voy.
-Gracias.
Colgué el teléfono y me quedé atónito durante unos segundos. Miré a través de la ventana de mi cuarto y vi como una suave brisa movía algunas hojas de los árboles que había en el jardín.
¿A que sería debido aquel cambio de opinión por parte de Raquel?
Después de rechazarme una y mil veces tras el accidente, de no querer hablar conmigo, despues de todo quería hablar y además tenía que ser ahora mismo. Mujeres... siempre hay que hacerlas cosas cuando a ellas les salga de las narices. ¿Que mosca le habrá picado? Espero que no haya más discusiones, he perdido la sensiblidad despues del sablazo que nos dio aquel hombre al que llamaba papá.
Bajé en seguida hasta el salón, para coger mi cazadora, donde me encontré a Yasmine tirada en el sofá, mirando la televisión, con aquella característica tristeza tan peculiar reflejada en el rostro como era habitual ultimamente. Su cuerpo tapado con una manta y la cabeza acurrucada contra el cojín. Parecía tan atenta en aquella película que creo que ni se percató de que acababa de entrar. O quizás se encontraba en las nubes.
-¿Se puede saber que diablos te pasa?
Pareció como si se hubiera despertado de un trance, y me miró como asustada.
-¿Que?
Suspiré.
-Yas, olvidate de todo por un momento, ¿vale? Olvida a papá, a Cesar, a Almudena y a Adam. Por que esto tiene que ver con él ¿o no?
-¿El que?
Y ahora se hacía la tonta, como si yo no supiera que habían hablado.
-Mira Yas, sigue así ¿vale? Encierrate en casa, no salgas, sigue mirando la televisión, tumbada en el sofá, no sigas estudiando, deprimete y sigue amargada durante el resto de tu vida. Así es como vas a terminar si sigues en este plan.
Me miró extrañada y yo salí del salón sin darle casi tiempo a contestar. Entré en la cocina donde estaba mi abuela viendo una de sus telenovelas.
-¿Vas a salir Raúl?
-Si- contesté mientras cogía una manzana del frutero y la mordía.
-No tardes mucho, acuerdate de que a las diez llega Cris de la excursión y debes ir a recogerla al colegio- Cierto, se me había olvidado por completo.
-No te preocupes abu, a las diez allí estaré- Miré el reloj- Son las nueve, tengo tiempo de sobra- seguí diciendo sin tener ni idea de la duración de la conversación que iba a tener con Raquel.
-Pero acuerdate, conozco tu mente olvidadiza. A ver si vas a dejar a la niña allí sola de noche.
-Descuida abuela- le di un beso en la mejilla y salí de casa.
Entré en el coche de mi abuela, pues el mio había quedado destrozado y conducí hasta aquel edificio en el que había estado tantas veces, acabando de comer la manzana en la mitad del trayecto.
Una vez aparcado timbré en el portal.
-¿Raúl?- se aseguró por el telefonillo.
-Si soy yo.
La puerta se abrió y la empujé entrando así. Y caminando hasta los ascensores.
Mientras subía me miré en el espejo del ascensor. No se me notaba nervioso, sabía disimular bien, era un gran actor. Sonreí a mi propio reflejo.
Y de repente ¡cliin! El ascensor avisó de la llegada a la planta cuatro.
Mis nervios aumentaron.
Tras abrirse las puertas salí y pude percibir que su puerta estaba entreabierta y sin parar a pensar antes de entrar y sin rodeos entré.
Allí estaba en frente a mi, esperandome. De brazos cruzados contra la parede del recibidor, tan guapa como siempre y con una extraña sonrisa. Tan solo a escasos metros de mi.
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Al fin, Raúl y yo. Yo y Raúl. Me bastaron tres segundos, ver su cara otra vez, su gesto de siempre, indescriptible, siempre esa manera de actuar: siempre cauto, siempre pisando en tierra fierme, pero dejando abierta cualquier posiblidad.
Y en esos tres segundos me di cuenta de que era a él a quien quería de verdad. Siempre rompiamos por alguna tontería, siempre, era típico pero en el fondo ninguno de los dos podría vivir sin el otro. ¿Por que vivir separados pudiendo ser felices juntos? ¿Por qué tantos enfados? ¿Tantos rencores? ¿Por que tanto orgullo? Orgullo, maldito orgullo. ¡Te odio orgullo!
Corrí hacia Raúl me abracé a el y lo besé en los labios, sin darle tiempo ni a que pudiese reaccionar y sin decir ni un saludo. ¿Que mejor saludo que aquel?
Obtuve la respuesta que quería respondió a mi beso y abrazó con fuerza a mi abrazo.
Felicidad outra vez. Ya había elegigo, te quería a ti Raúl.
Tras aquel intenso beso, separamos los labios pero el abrazo continuó.
-Te quiero Raúl, te quiero solo a ti. He estado evitando a todo el mundo tras tu accidente, quería pensar y me he dado cuenta de esto, no quiero a Dimas te quiero a ti. Ya he elegido.
Raúl sonrió.
-¿Se lo has dicho a él?
-No, acabo de darme cuenta ahora mismo de esto.- respondí.
-Vaya... Asi que solo hacía falta verme, ¿tan guapo soy?
Nos reimos a la vez los dos.
-Raquel, pero estás segura ¿no? No te necesito hoy, ni mañana, te necesitaré después por mucho tiempo.
Sonreí, eso había sonado bien, pero no supe muy bien lo que significaba.
-Soy la persona mas segura del mundo en este momento pero, ¿que significa lo que acabas de decir?
-Bien- siguió- Que no tengo prisa contigo porque de ti espero algo largo y duradero.